Si estás leyendo este blog y tienes algo más de 35 años puede que recuerdes el legendario programa de cocina de Elena Santonja “Con las manos en la masa”. Este espacio televisivo estuvo en antena algo más de siete años, durante los cuales se hizo un buen repaso de la gastronomía tradicional española.  Pues bien, la célebre y recordada sintonía del programa, interpretada por Vainica Doble y Joaquín Sabina, hacía un repaso de diferentes emblemas de la cocina española de toda la vida (permitidnos el cliché) y, en su estribillo, rezaba:

 cochifrito, caldereta, migas con chocolate
cebolleta en vinagreta, morteruelo,
lacón con grelos, bacalao al pilpil
y un poquito perejil”

Seguro que ya te acuerdas, ¿verdad? Uno de los platos que aparecen en dicho estribillo, el morteruelo, es uno de los grandes ejemplos de la gastronomía castellanomanchega. Un plato sencillo que se fundamenta en el hígado de cerdo, aunque se le pueden añadir otras carnes como el conejo, pollo o el lomo de cerdo.

Antecedentes históricos

El morteruelo lleva quién sabe cuantos cientos de años presente en la cocina manchega. Ya en el siglo XII, en el Fuero de Molina (un texto esencial en la historia del derecho tradicional español), se menciona este plato por primera vez, si bien con otro nombre.

En los siglos venideros ha quedado bien documentada la pasión que despierta este contundente plato. De hecho, en el siglo XIX, el poeta y dramaturgo Tomás Luceño habla de este plato y da su receta de original manera, en verso.

Elaboración del morteruelo

El morteruelo recibe su nombre del mortero con el que, tradicionalmente, se elaboraba este plato que muchos han asimilado a una especie de versión manchega del paté (¿o es el paté una versión francesa del morteruelo?), fundamentalmente por su textura. En su elaboración se emplea hígado de cerdo, panceta y otras carnes de caza según la receta. También se emplea en el guiso abundante pan rallado a efectos de ligar y dar consistencia al conjunto, aceite de oliva, sal, pimienta, pimentón y clavo, comino o alcaravea.

Una vez elaborado el plato, como puedes ver en esta receta, se toma bien caliente y untado en una buena rebanada cortada de una hogaza de pan de pueblo. Si acompañas tu morteruelo con un buen tinto, te aseguramos que la experiencia no podrá ser más satisfactoria.

Dicho esto, no podemos terminar sin hacerte la recomendación que el propio Tomás Luceño hacía en sus célebres ripios sobre el Morteruelo:

lo conservas algún tiempo,
librándolo de las moscas,
y si lo quieres te lo comes,
y si no, no te lo comas,
que cada cual es muy dueño
de su estómago y su boca

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